Se cortó la luz. Los chicos duermen, los fantasmas se hacen caros de ver, y el insomnio se aparece, viene a tomar mate con el aburrimiento, que, como siempre, no tiene nada que decir. Tengo una vela, un juego de lapiceras de esas de colores maricones, papel de almacén y la mente en blanco.
Se suceden curvas, planos pequeños, líneas atrás y adelante. Puntos, bordes, gestos. En el medio, me preparo un par de cafés, y sigo, enfermiza, los trazos.
La mano va y viene, incierta, sutil, espasmódica, y entonces aparece él, fruto de semanas de abulia y mal amor, hijo del aburrimiento y la apatía, absorbiendo lo poco que me quedaba de libido (o tal vez viene a rescatarme de esta carencia, quién sabe). Aparece, el Monstruo Toronja. Un nuevo animal de mi mitología especial.
De repente, volvió la luz, y lo vi.
Lo vi, y me asusté profundamente.
Me asusté porque nunca pensé que semejante criatura viviera en mi cabeza y en mis manos, y también me asusté porque me gustó su aspecto.

El Monstruo Toronja incita, devora, a los incautos.
Si, me asusté mucho.
Muy buen relato!!! Y los dibujos no se quedan atrás!!!
ResponderEliminarMe alegra leerte!!!
Upa! Buen relato. Los dibujos me gustan y me dan miedo. Ojo.
ResponderEliminarAdrián.