Rezongando, me levanté de la cama. La languidez habitual no llegó hasta después de haber llegado a la cocina a poner la pava; y se quedó toda la mañana. Me sentí sola, nauseabunda, hinchada, expuesta, y obvia. La gata ni se mosqueó cuando la llamé a comer: ni la gata me hacía caso. Mi compañero de ruta seguía roncando, lo escuchaba desde cualquier punto de la casa. No es que mi casa sea grande, pero su ronquido insensible es francamente legendario.
Y yo seguía con mi mal humor y mi náuseas, matutinos ambos, en la cocina.
Las metamorfosis son tan comunes: el compañero fiel que le escucha a una es el que quiebra la barrera de sonido al escapar; la mascota leal que le recibe sin juzgar es la fiera hambrienta que desaparece casi tan rápido como el compañero fiel; la luz dorada del sol que dibuja la danza de motitas de polvo en los haces de las rendijas es la mortecina vibración del tubo catódico con mal funcionamiento... Y el malvoncito del jardín se me está secando inevitablemente bajo la lluvia. Qué desastre.
Yo quería simplemente abrir mi ventana al sol de la mañana, y me llevé un buen chasco. Llovía, y todo era una porquería pegajosa; todo sucio, húmedo y triste; ¡y gris!
Maldito otoño cuando tardas en venir, las hojas no se ponen ni doradas que se pudren en el agua de los charcos.







